China: Chips, Autosuficiencia y el Impacto de las Sanciones

Aunque no tenga los mejores chips, China ya gobierna la tecnología
Una reciente reflexión publicada por The Economist subraya una realidad cada vez más palpable: el imparable avance de China en el sector tecnológico, trascendiendo su anterior dependencia de microprocesadores de alta gama. Sin embargo, este análisis, aunque certero, solo rasca la superficie de un cambio estratégico mucho más profundo orquestado desde Beijing. China no se limita a sustituir componentes; está forjando su propio modelo de hegemonía, fundamentado en su vasta densidad demográfica, un talento técnico masivo y una decidida apuesta por la autosuficiencia y la reinvención.
Las sanciones impuestas por Estados Unidos en 2022 y 2023 sobre la exportación de semiconductores avanzados buscaban explícitamente frenar el desarrollo tecnológico chino. El objetivo era restringir el acceso a tecnologías críticas como la fotolitografía avanzada, equipos de fabricación de chips y herramientas de diseño y testeo, con el fin de ralentizar la capacidad del país asiático para producir chips de vanguardia para inteligencia artificial, supercomputación o sistemas militares sensibles.
Lejos de paralizar a China, estas restricciones han actuado como un catalizador para su apuesta por la autosuficiencia. El gobierno y el sector privado han movilizado recursos a gran escala. Fondos como el China Integrated Circuit Industry Investment Fund, junto con su brazo más reciente enfocado en inteligencia artificial, están financiando la investigación, el diseño local, la producción y el desarrollo de cadenas de suministro autónomas. Grandes empresas chinas, desde fabricantes de chips hasta productores de equipos, están fortaleciendo sus capacidades internas. La producción de chips _legacy_ continúa sin problemas, y proliferan los proyectos para avanzar en áreas como la memoria DRAM, memorias avanzadas, encapsulado, diseño e incluso herramientas de fabricación.
El resultado es que hoy asistimos a anuncios como el de CXMT, que presenta módulos DRAM DDR5-8000 o LPDDR5X-10667 para PC y móviles. Esto es particularmente notable si consideramos que, al menos teóricamente, carecen de acceso a procesos de fabricación de vanguardia (inferiores a 18 nm). Actores como Biren Technology, a pesar de las sanciones, siguen atrayendo inversiones estatales para el desarrollo de GPUs «domésticas». Este impulso no es meramente industrial, sino civilizatorio: China se beneficia de una fuente humana inagotable, con decenas de millones de ingenieros, científicos y técnicos formándose anualmente. Sus universidades, centros de investigación y ecosistemas de _start-ups_, en el contexto de un vasto mercado interno, permiten la absorción de fallos, la experimentación y la iteración. Esta densidad de talento y mercado facilita que los errores, las ineficiencias o los chips inferiores no supongan un fracaso inmediato, sino que se integren en el proceso de escalado y aprendizaje.
Esta convicción, esta fe inquebrantable en el «nosotros podemos hacerlo mejor, con nuestras propias reglas», sustenta la estrategia china. No dependen de recibir los chips más potentes; en su lugar, optimizan el software para que sus redes, centros de datos y servicios funcionen eficientemente incluso con _hardware_ más modesto. Recientemente, se ha informado que algunos centros de datos estatales han recibido directivas para utilizar exclusivamente chips _«made in China»_. La cuestión se ha convertido, cada vez más, en una exigencia política y patriótica, más allá de lo puramente técnico.
Resulta significativo que, paralelamente, Estados Unidos contemple la posibilidad de reanudar la exportación de ciertos chips (como los H200 de Nvidia) a China. Sin embargo, este movimiento no altera el panorama general; el impacto de las medidas previas ya ha ocurrido. En lugar de frenarse, la trayectoria de China ha evolucionado hacia una nueva dimensión. Las restricciones han logrado la creación de una infraestructura tecnológica alternativa que no es satélite, sino central, al dominio tecnológico occidental.
Esto confirma una observación realizada desde hace tiempo: China no busca competir en el tablero de ajedrez del adversario, sino que está inventando su propio juego. Mientras Occidente se obceca con los chips más potentes, la litografía más fina y los _benchmarks_ más elevados, China apuesta por el volumen, la autonomía estratégica, el talento masivo y la adaptación de sistemas. Y es así como gana una ventaja más poderosa que cualquier transistor.
Porque, en última instancia, la tecnología no se define únicamente por la potencia bruta, sino por la confianza, la escala, la resiliencia y la soberanía. Y en estos ámbitos, China ya nos lleva una década y media de ventaja.
